En la página web de una Parroquia dedicada a San Vicente Ferrer no puede faltar una breve biografía de nuestro patrón.

Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350. Su padre fue el notario Guillermo Ferrer y su madre fue Constancia Miguel. El matrimonio tuvo cinco hijas y tres hijos. Según cuentan los biógrafos del santo, eran sus padres “de ejemplar virtud y muy limosneros”.

Ya de niño Vicente se juntaba con sus amigos y, como refiere uno de sus biógrafos, les decía: ¨”Oídme, niños, y juzgad si soy buen predicador”. Y haciendo la señal de la cruz se ponía a imitar las palabras, gestos, posturas y tonos de voz de los predicadores que oía en Valencia.

En 1370, a los veinte años, Vicente Ferrer se incorporó a la Orden de Santo Domingo. Sus superiores lo enviaron a estudiar primero a Lérida y luego a Barcelona.

Un domingo de marzo del año 1374 Vicente Ferrer se puso a predicar en la plaza del Born de Barcelona, que estaba atravesando unas semanas de hambruna porque los barcos portadores de comida no llegaban al puerto. En medio de su predicación, Vicente les dijo: “Alegraos hermanos, que antes de la noche llegará a esta playa dos navíos de trigo, con lo que quedaréis socorridos”. Se armó un buen alboroto, hasta el punto que los superiores de la orden le advirtieron de que se abstuviera de semejantes anuncios. Pero una hora antes del anochecer el centinela de Monjuich divisó dos naves cargadas de trigo que poco después arribaron a la ciudad, poniendo fin al episodio de hambre. Al conocerse la noticia se extendió su fama de profeta por toda Barcelona. Vidente tuvo que volver a Valencia para huir de las masas que lo aclamaban.

 Para formar a un dominico eran necesarios quince años de estudios. Estudió dos años Lógica en Barcelona. Y enseñó en Lérida otros dos años la misma materia. Luego volvió a Barcelona para estudiar cuatro cursos de Teología. Después, en Touluose, hizo un curso especial de Teología, que le abrió a la corrientes teológicas del momento. A los veintiocho años recibió, con calificación “Summa cum Laude”, el doctorado en Teología y se dedicó a la enseñanza de la ciencia sagrada durante ocho años en las universidades de Valencia, Barcelona y Lérida.

 A los veintinueve años Vicente Ferrer fue ordenado sacerdote en Valencia. Elegido prior de su convento, tuvo que renunciar a los pocos meses, porque su comunidad estaba dividida, como toda la Iglesia, a causa del Cisma de Occidente.

 San Vicente Ferrer reconoció primero al Papa de Aviñón. Fue confesor y persona de la mayor confianza del Papa Benedicto XIII, conocido entre nosotros como el Papa Luna. De este Papa rechazó la propuesta que se le hizo de ser nombrado Obispo primero de Lérida y luego de Valencia. También renunció al nombramiento de Cardenal. Posteriormente, viendo el escaso interés de dicho Papa para solucionar el Cisma de Occidente, le abandonó y recorrió diversas regiones aconsejando a príncipes y logrando que retirasen su obediencia a los Papas aviñonenses, por el bien de la Iglesia. En este propósito coincidió al final con Catalina de Siena.

 El año 1396 Vicente Ferrer enfermó gravemente y estuvo a las puertas de la muerte. Entonces tuvo una visión, en la que se le aparecía Jesucristo acompañado de San Francisco y Santo Domingo de Guzmán, quienes le encargaban la misión de evangelizar el mundo antes de la llegada del Anticristo para la conversión y enmienda de los hombres. Fue el mismo Vicente Ferrer el que contó su experiencia al entonces todavía Papa Benedicto XIII (el conocido también como Papa Luna) en una carta enviada en 1413. Según la carta, a raíz de esta visión, se consideró uno de los “tres predicadores que sucesivamente se habían de enviar a los hombres antes del Juicio”. San Vicente Ferrer fue considerado por sus contemporáneos el ángel del apocalipsis o predicador del final de los tiempos.

 Tras su visión de 1396,  Vicente recuperó inmediatamente la salud. Y, según el mensaje recibido, se fue por el mundo a predicar cómo la hora del juicio había llegado. A partir de ese momento recorre España, Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Italia e Inglaterra, predicando en plazas, caminos y campos.
 Las multitudes se apiñaban para escucharle, donde quiera que él llegaba. Tenía que predicar en campos abiertos porque las gentes no cabían en los templos. Su voz sonora, poderosa y llena de agradables matices y modulaciones y su pronunciación sumamente cuidadosa, permitían oírle y entenderle a bastante distancia.

 Sus sermones duraban casi siempre más de dos horas (un sermón suyo de las Siete Palabras en un Viernes Santo duró seis horas), pero los oyentes no se cansaban ni se aburrían porque sabía hablar con tal emoción y de temas tan propios para esas gentes, y con frases tan propias de la Biblia, que a cada uno le parecía que el sermón había sido compuesto para él mismo en persona.

Antes de predicar rezaba durante cinco o más horas para pedir a Dios la eficacia de la palabra, y conseguir que sus oyentes se transformaran al oírle. Dormía en el suelo, ayunaba frecuentemente y se trasladaba a pie de una ciudad a otra (los últimos años se enfermó de una pierna y se trasladaba cabalgando en un burrito).

En aquel tiempo había predicadores que lo que buscaban era agradar a los oídos y componían sermones rimbombantes que no convertían a nadie. En cambio, a San Vicente lo que le interesaba no era lucirse sino convertir a los pecadores. Y su predicación conmovía hasta a los más fríos e indiferentes. Su poderosa voz llegaba hasta lo más profundo del alma. En pleno sermón se oían gritos de pecadores pidiendo perdón a Dios, y a cada rato caían personas desmayadas de tanta emoción. Gentes que siempre se habían odiado, hacían las paces y se abrazaban. Pecadores endurecidos en sus vicios pedían confesores. El santo tenía que llevar consigo una gran cantidad de sacerdotes para que confesaran a los penitentes arrepentidos. Hasta 15,000 personas se reunían en los campos abiertos, para oírle.

Después de sus predicaciones lo seguían dos grandes procesiones: una de hombres convertidos, rezando y llorando, alrededor de una imagen de Cristo Crucificado; y otra de mujeres alabando a Dios, alrededor de una imagen de la Santísima Virgen. Estos dos grupos lo acompañaban hasta el próximo pueblo a donde el santo iba a predicar, y allí le ayudaban a organizar aquella misión y con su buen ejemplo conmovían a los demás.

 Como la gente se lanzaba hacia él para tocarlo y quitarle pedacitos de su hábito para llevarlos como reliquias, tenía que pasar por entre las multitudes, rodeado de un grupo de hombres encerrándolo y protegiéndolo entre maderos y tablas. El santo pasaba saludando a todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que llegaba hasta el alma.

Las gentes se quedaban admiradas al ver que después de sus predicaciones se disminuían enormemente las borracheras y la costumbre de hablar de cosas malas, y las mujeres dejaban ciertas modas escandalosas o adornos que demostraban demasiada vanidad. Y hay un dato curioso: siendo tan fuerte su modo de predicar y atacando tan duramente al pecado y al vicio, sin embargo las muchedumbres le escuchaban con gusto porque notaban el gran provecho que obtenían al oírle sus sermones.

 Vicente fustigaba sin miedo las malas costumbres, que son la causa de tantos males. Invitaba incesantemente a recibir los santos sacramentos de la confesión y de la comunión. Hablaba de la sublimidad de la Santa Misa. Insistía en la grave obligación de cumplir el mandamiento de Santificar las fiestas. Insistía en la gravedad del pecado, en la proximidad de la muerte, en la severidad del Juicio de Dios, y del cielo y del infierno que nos esperan. Y lo hacía con tanta emoción que frecuentemente tenía que suspender por varios minutos su sermón porque el griterío del pueblo pidiendo perdón a Dios, era inmenso.

 Pero el tema en que más insistía este santo predicador era el Juicio de Dios que espera a todo pecador. La gente lo llamaba “El ángel del Apocalipsis”, porque continuamente recordaba a las gentes lo que el libro del Apocalipsis enseña acerca del Juicio Final que nos espera a todos. El repetía sin cansarse aquel aviso de Jesús: “He aquí que vengo, y traigo conmigo mi salario. Y le daré a cada uno según hayan sido sus obras” (Apocalipsis 22,12). Hasta los más empecatados y alejados de la religión se conmovían al oírle anunciar el Juicio Final, donde “Los que han hecho el bien, irán a la gloria eterna y los que se decidieron a hacer el mal, irán a la eterna condenación” (San Juan 5, 29).

 Los milagros acompañaron a San Vicente en toda su predicación. Y uno de ellos era el hacerse entender en otros idiomas, siendo que él solamente hablaba el español, el valenciano y el latín. Y sucedía frecuentemente que las gentes de otros países le entendían perfectamente como si les estuviera hablando en su propio idioma. Era como la repetición del milagro que sucedió en Jerusalén el día de Pentecostés. Según cuenta uno de sus biógrafos: “el natural de Grecia creía que había predicado en griego, el de Francia en francés, el moro en arábigo, y así los demás; pero el Santo siempre predicaba en su idioma valenciano, y con éste hizo maravillosos frutos en toda España, Francia, Italia, Delfinado, Saboya, Inglaterra, Irlanda y Escocia”.

 San Vicente se mantuvo humilde a pesar de la enorme fama y de la gran popularidad que le acompañaban, y de las muchas alabanzas que le daban en todas partes. Decía que su vida no había sido sino una cadena interminable de pecados. Repetía: “Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la fetidez de mis culpas”. Así son los santos. Grandes ante la gente de la tierra pero se sienten muy pequeñitos ante la presencia de Dios que todo lo sabe.

Los últimos años, ya lleno de enfermedades, lo tenían que ayudar a subir al sitio donde iba a predicar. Pero apenas empezaba la predicación se transformaba, se le olvidaban sus enfermedades y predicaba con el fervor y la emoción de sus primeros años. Era como un milagro. Durante el sermón no parecía viejo ni enfermo sino lleno de juventud y de entusiasmo.

El año 1412 Vicente Ferrer tuvo una intervención decisiva en la designación de Fernando de Antequera como Rey de la Corona de Aragón. Al morir en 1410 sin hijos el rey Martín, la Corona formada por los reinos de Aragón, Valencia y Cataluña quedó sin sucesor, lo que dio lugar a que hubiera varios pretendientes al trono. Para solucionar la disputa se designaron 9 jueces, tres por cada reino, que debían reunirse en Caspe para dilucidar la disputa y nombrar sucesor. Uno de estos jueces, designado en representación del reino de Valencia era Vicente Ferrer. El 24 de junio de 1412 en Caspe los nueve jueces iban a proceder a la votación. Dado el prestigio que tenía Vicente Ferrer, los demás jueces decidieron que fuera el primero en votar. Vicente lo hizo a favor de Fernando de Antequera. Los otros jueces apoyaron su voto. La historia llamó al suceso “el compromiso de Caspe”, y con él quedaba solucionado el problema de la sucesión de la Corona de Aragón.

En su vida ajetreada supo sacar tiempo y serenidad para escribir. En su obra “Tratado de Vida Espiritual” se manifiesta como Maestro de Santidad. En él aconseja oración, silencio, pureza, obediencia, humildad, comprensión de los defectos ajenos, que hay que llevar a la espalda, para no fijarse en ellos, y tener presente los propios, así como también conocimiento de sí mismo, valor en las tentaciones, penitencia, paciencia en las pruebas y perseverancia en la oración.

 Todos los días San Vicente Ferrer cantaba misa y predicaba durante dos o tres horas. Para él predicar es sembrar, derramar la vida, porque la vida se conserva por la semilla. Es sembrar en las conciencias el grano del Evangelio. Fruto de ese trabajo paciente eran sus sermones, que llenaban de entusiasmo a las multitudes, en los que hay claridad, profundidad y riqueza de imágenes. En estos sermones se aprecia su gusto por la magnificencia, la música, la pintura, las flores y las misas bellas y solemnes.

 Vicente Ferrer tuvo una importante participación en el fin del Cisma de Occidente. El año 1414 permanecía abierto el Cisma, hasta el punto de que existían al mismo tiempo tres papas: Juan XXIII, Gregorio XII y Benedicto XIII (el Papa Luna). La Corona de Castilla y la de Aragón, y por tanto también Vicente Ferrer, se mantenían bajo la obediencia de Benedicto XIII. Para poner fin al cisma se reunió en noviembre de 1414 el concilio de Constanza. La solución que se adoptó consistía en obtener la renuncia de los tres Papas, de modo que con la elección de uno nuevo se volviera a la unidad. Tanto Juan XXIII como Gregorio XII lo hicieron. Sin embargo, Benedicto XIII no quiso renunciar. Para resolver el grave problema planteado hubo en Perpiñán una congregación de los partidarios de Benedicto XIII, a la que también asistió Vicente Ferrer. Al no conseguir la renuncia del Papa Luna, finalmente en septiembre de 1415, con la conformidad de Vicente Ferrer, tanto la Corona de Castilla como la de Aragón se desvincularon de la obediencia de Benedicto XIII, con lo que, en la práctica, se puso fin al Cisma, pues el papel de este último pasó a ser puramente testimonial. Con la elección en 1417 del Papa Martín V se puso fin al Cisma.

 San Vicente Ferrer murió en la ciudad de Vannes (Francia) el 5 de abril de 1419, Miércoles de Ceniza, a la edad de 69 años. Acudió tanta gente a darle un último adiós que en tres días no se le pudo dar sepultura.
Fue canonizado el 29 de junio de 1455 por el Papa Calixto III, a quien San Vicente le había profetizado “Serás Papa y me canonizarás”. En los procesos que se tramitaron para su canonización en Aviñón, Tolosa, Nantes y Nápoles figuran documentados hasta un total de ochocientos sesenta milagros.

Desde el año de su canonización en prácticamente todas las imágenes se le representa con el lema TIEMETE DEUM ET DATE ILLI HONOREM. Se trata de una frase del libro del Apocalipsis, capítulo 14, versículo 7: “Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio”. La explicación está en que San Vicente Ferrer llegó a convertirse en el profeta del juicio final y de la venida del Anticristo. En su proceso de canonización un testigo señala que “cualquiera que lo oyera predicar temblaba ante el divino juicio”. Según otro “a muchos los vio temer y temblar ante el juicio de Dios”. No es de extrañar que el Santo creyera inminente el fin del mundo: la Iglesia atravesaba el terrible Cisma de Occidente, con tres Papas al mismo tiempo. Sin embargo, en el proceso de canonización los testigos también señalan que San Vicente tenía un carácter afable, era amable y optimista.

Ofrecemos esta breve presentación con la biografía de San Vicente Ferrer, elaborada por la Parroquia:

Y también este riguroso documental sobre su vida: