Historia de la iglesia: la Guerra de la Independencia

El robo de las seis lámparas de plata.

Disponemos de fuentes históricas seguras que nos permiten reconstruir los azarosos años que vivieron los dominicos del convento de Santo Tomás, actual iglesia de San Vicente Ferrer de Castellón, en los años de la Guerra de la Independencia (1808-1814).

Pero merece también ser contado lo que sucedió en el convento un año antes, en 1807, y que nos lo cuenta el fraile agustino José Rocafort en su  LIBRO DE COSAS NOTABLES DE LA VILLA DE CASTELLÓN DE LA PLANA, terminado de escribir el año 1829,  y el cronista Juan A. Balbás en el LIBRO DE LA PROVINCIA DE CASTELLÓN, publicado en 1892.

Mañana del 23 de marzo del año 1807, Lunes Santo. Un grito rompe el silencio en la iglesia de los dominicos, ahora de la Parroquia de San Vicente Ferrer. De pronto, se ve correr a uno de los frailes que, sin dejar de gritar, se dirige donde están el resto de sus compañeros. Cuando llega, exhausto, les da la noticia: “Han entrado unos ladrones en la iglesia y han robado las seis lámparas de plata”. Consternación general. ¿Quién habrá sido capaz de semejante robo, en lugar sagrado? 

Según nos detalla José Rocafort, los ladrones para entrar agujerearon las puertas de la iglesia, que tuvieron que hacerse nuevas.

Castellón sufría por entonces una severa sequía. En rogativa para que lloviera, se decidió sacar el Miércoles Santo en procesión la imagen del Santo Sepulcro de la iglesia de la Sangre. Grande debió ser el fervor de los que participaron, porque el día siguiente se desataron unas intensas lluvias que, si bien acabaron con la sequía, también impidieron que se celebrasen en Castellón las procesiones de la Semana Santa. Al amanecer del Viernes Santo se vieron nevadas las montañas del Desierto y se experimentó un frío intenso. Mientras tanto, los dominicos seguían sin saber qué había sido de las lámparas.

Todo parecía perdido. Sin embargo, el miércoles 1 de abril de 1807, un labrador fue a faenar a su finca, situada en la partida de San Roc de Canet. De camino,  en un rincón de una parcela vecina vio un pequeño socavón, seguramente provocado por las lluvias de la semana anterior. Se acercó. Y, al remover la tierra, vio que, a poca profundidad, estaban enterradas en un saco las seis lámparas o candeleros de plata robadas en la iglesia de los dominicos. Según nos cuenta José Rocarfort, tras el hallazgo, a consecuencia de las diligencias realizadas por las autoridades, “se puso en la cárcel al dueño del campo y otros muchos más”.

Por unos días hubo gran alegría en el convento. Sin embargo, poco duró el contento, porque ya Napoleón había decidido invadir nuestra patria y grandes calamidades esperaban a los pobres dominicos.

La invasión de los franceses.

 En efecto, grandes males provocó la Guerra de la Independencia (1808-1814) en el convento dominico de Santo Tomás de Castellón (nuestra actual iglesia).  Las desgracias sufridas por los dominicos fueron tales que la orden decidió dejar constancia de ello en un  libro. Se trata de la “Historia de la provincia de Aragón de la Orden de los Predicadores de 1808 a 1818”, escrita por Mariano Rais y Luís Navarro el año 1819. En esta obra se describe con detalle lo sucedido en el convento de los dominicos de Castellón durante la guerra. 

El convento de Santo Tomás apoyó el levantamiento contra la ocupación francesa. Su prior, Vicente Ripollés, fue vocal de la Junta que se constituyó en la capital. Los religiosos de entre 16 y 40 años se alistaron, y el convento contribuyó económicamente en el sustento de la tropa.

El 13 de junio de 1809 llegaron a Castellón una gran cantidad de soldados heridos. Se alojaron en el convento de los franciscanos (situado en los alrededores de la hoy iglesia de San Francisco), que se transformó en hospital. Los franciscanos se trasladaron al convento de Santo Tomás. Dominicos y franciscanos vivieron en hermandad  durante unos años.Los franceses, visto el apoyo de las órdenes religiosas al levantamiento, habían decretado su supresión y procedían a la inmediata ocupación de los conventos cuando entraban en un lugar.

En marzo de 1810 las tropas francesas llegaron hasta Borriol y parecía inminente su entrada en Castellón. Ante la amenaza, los dominicos cogieron la plata y ornamentos de la iglesia y se refugiaron durante unas semanas en el convento de la orden en Ayódar. Al conocer que los franceses pasaban de largo, regresaron a Castellón, donde permanecieron hasta setiembre de 1811.

 

Los franceses ocupan el convento.

El 21 de septiembre de 1811 los franceses entran en Castellón, expulsan a los frailes y toman posesión del convento.

Según nos cuentan Mariano Rais y Luís Navarro en su libro de 1819, era el convento de Santo Tomás, “muy hermoso y de más de mediana capacidad”. Cuando entraron los franceses en Castellón (septiembre de 1811), echaron mano de las maderas, ladrillos, piedras y demás materiales del convento para con ellos construir hornos de pan, mataderos, paredones y otras obras públicas. Como consecuencia, y en lo que respecta al convento, “no quedaron sino las columnas del claustro y algunas paredes ruinosas”. En cuanto a la iglesia, ésta “tuvo distintos destinos, en los cuales fue destruido el pavimento, el órgano y algunos altares”.

Sin embargo, pudieron conservarse los “ornamentos y efectos de la iglesia, desde las imágenes más preciosas hasta las cosas más mínimas”, que habían sido escondidos por anticipado por el padre dominico Joaquín Climent. Según estos autores, “todo se conservó, hasta los vasitos de abluciones de las misas”. Además,  el citado fraile, viendo que se estaba asolando el convento, entraba por la noche, mientras los franceses dormían, “cargaba con puertas, ventanas y cuanto podía, y guardó todas las cerrajas y llaves de las celdas, que entregó a su tiempo a la comunidad”.

 Expulsados los franceses de Castellón, el 1 de octubre de 1813 se bendijo la iglesia de Santo Tomás, que pudo de nuevo utilizarse.

El año 1814 los religiosos fueron a tomar posesión del convento. Decidieron destinar todas sus rentas a las tareas de reconstrucción. Mientras éstas duraron, cada uno de ellos tuvo que vivir de sus propios recursos en casas particulares, desde las que acudían todos los días a la iglesia para celebrar los oficios. A finales de 1815 se finalizó la reconstrucción de las habitaciones y demás dependencias, y cinco dominicos pudieron incorporarse al convento. Para financiar la reconstrucción los dominicos tuvieron que vender varias fincas, así como destinar las totalidad de las rentas del convento de año y medio.

El comportamiento heroico del dominico Joaquín Climent

No podemos acabar el repaso a la historia del convento de los dominicos de Castellón entre los años 1807 a 1814 sin dedicar el homenaje que se merece al padre dominico Joaquín Climent, fraile valiente donde los haya, gracias a cuya astucia y determinación pudieron conservarse prácticamente todos los objetos de valor de nuestra iglesia.

Una de las preocupaciones de los dominicos en esos años fue la de impedir que los franceses robaran los objetos de culto que poseía el convento. En 1811, cuando la entrada de los franceses parecía inminente, los frailes se llevaron estos objetos al convento de Ayódar. Pasado el peligro, regresaron a Castellón. El Obispo de Tortosa, diócesis a la que entonces pertenecía la capital, ordenó a todos los conventos que ocultaran en el palacio episcopal de Castellón sus piezas de oro y plata, para que no acabaran en manos de los franceses. Pero esta prevención resultó inútil, pues el 12 de enero de 1812 los franceses, poco antes de abandonar Castellón, encontraron en el palacio las alhajas e imágenes procedentes de los conventos que estaban allí escondidos, y se las llevaron todas.

Sólo hubo un convento que no sufrió el despojo. Fue el de los dominicos, y gracias al padre Joaquín Climent que, con astucia, había decidido esconder los objetos de valor en otro lugar. Así, se conservó todo, hasta las cosas más pequeñas. Además, arriesgando su vida, se dedicaba por las noches a entrar en el convento ocupado por los franceses para salvar el mayor número de objetos de valor.

Entre los objetos salvados gracias al intrépido fraile figuraron las 6 lámparas o candeleros de plata a los que antes nos habíamos referido, los que habían sido objeto de un robo, afortunadamente frustrado, en la semana santa del año 1807.

Estos 6 candeleros de plata se conservan todavía en la Parroquia. 

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