La gripe de 1918 en Castellón

El año 2020 estamos padeciendo los terribles efectos de la pandemia del COVID 19. Desde la epidemia de gripe de 1918 no se había vivido nada semejante.

¿Cómo afectó la epidemia de gripe de 1918 a Castellón? ¿Cómo se vivió esta enfermedad en la Casa de Beneficencia, cuya iglesia es el actual templo de la Parroquia de San Vicente Ferrer?

Para averiguarlo hemos consultado el periódico El Heraldo de Castellón de los meses de septiembre a noviembre de 1918, así como también el Boletín Oficial de la Provincia de ese período, documentación que puede consultarse en la web del archivo de la Diputación Provincial de Castellón. También se han consultado el resumen de defunciones del año 1918 que se puede consultar en la documentación histórica de la web del Instituto Nacional de Estadística.

Durante los meses de septiembre a noviembre de 1918 la ciudad de Castellón fue gravemente afectada por la epidemia de la gripe. Según el Instituto Nacional de Estadística, la población de la ciudad ese año era de 32.744 habitantes. El total de defunciones expresamente atribuidas a la gripe en la ciudad de Castellón en esos tres meses, según las cifras del periódico El Heraldo, ascendió a 337. Sin embargo, comparando la cifra de defunciones de ese año con la media anual de esa década, la cifra de fallecidos atribuibles a la gripe ha de fijarse en unos 550, lo que representa el 1,7% del total de la población.

Nos podemos hacer una idea de las dimensiones del desastre si comparamos el número de muertes la gripe de 1918 con las producidas en Castellón por el COVID-19. Según los datos facilitados por la Conselleria de Sanidad, de marzo a octubre de 2020 los fallecidos en Castellón capital fueron 55. Con una mortandad del 1,7% de la población, que es la que padeció Castellón en 1918, con la población actual, que es de 171.728 habitantes, las muertes alcanzarían la cifra de 2.900 personas.

Según los datos de la prensa, al menos la mitad de los habitantes de la ciudad enfermaron de gripe.

El grupo de edad que más muertes registró fue entre 20 y 40 años. Al respecto, el periódico El Heraldo del 4 de noviembre de 1918 incluía el desglose por edades del total de 487 personas fallecidas en la capital en el mes de octubre (de los cuales 274 figuraban en el Registro Civil como fallecidos por la gripe). Los datos son impresionantes, pues un total de 184, esto es, más del 38% del total de fallecidos, tenían entre 20 y 39 años. En circunstancias normales, el porcentaje de fallecidos en esa franja de edad no superaba el 12% del total (dato extraído de la tabla del INE para en el período 1912-1921).

El que la franja de población más afectada por las muertes por gripe fuera la comprendida entre los 20 y 40 años puede explicar que la gripe no tuviera consecuencias demasiado letales en el personal acogido en la Casa de Beneficencia, compuesta por niños y ancianos. Le prensa de la época, que sí informa de que la epidemia de gripe se había cebado en los religiosos del convento del Desierto de las Palmas y en el de las monjas capuchinas, nada dice de una incidencia especial en el personal de la Casa de Beneficencia. De hecho, El Heraldo informa en varias ocasiones de que médicos de la Beneficencia fueron destinados a varios pueblos de la provincia con una incidencia de casos elevada, lo que es un indicio indirecto de que la situación de la Beneficencia no era excesivamente grave, pues no resultaba necesaria su presencia.

El Heraldo del 2 de noviembre de 1918 sí nos habla, en cambio, de las dificultades por las que atraviesa la Casa de Beneficencia. Nos dice que la mayoría de los cobijados allí se encuentran enfermos (no se habla de fallecimientos) y que las Hermanas de la Consolación, que son las que cuidan a niños y ancianos, han llegado hasta al sacrificio de privarse de sus alimentos para que no les falte a los ancianos asilados. Ese mismo día el Alcalde puso en marcha una campaña de recogida de fondos para su auxilio.

La lectura del periódico El Heraldo de aquellos años nos demuestra cómo determinados comportamientos se repiten y coinciden con lo que ahora sucede con el COVID-19.

Cuando la gripe comenzaba a afectar a Castellón, a comienzos de septiembre de 1918, las autoridades locales minimizaron la gravedad de la enfermedad. En El Heraldo de 10 de septiembre de 1918 las autoridades afirman que “la epidemia es benigna y no hay de qué preocuparse”. El 11 de septiembre se dice que sólo hay “dos o tres enfermos graves”. Y el 14 de septiembre ya se daba por controlada la epidemia. El 16 de septiembre se decía que “la epidemia tiende a mejorar”. No podían estar más equivocados.

Los consejos que en aquellos tiempos se dieron también nos recuerdan los de ahora. En el Heraldo del 17 de septiembre de 1918 se cuenta que los periodistas preguntan al jefe local de sanidad (el doctor Clará) por cómo protegerse de la gripe.  El médico contesta: “evitar todo lo posible el contagio con los atacados”, porque “puede muy bien uno contaminarse con solo dar la mano a otro que lleve consigo el microbio”. El doctor concluye con este consejo: “se suprime por antihigiénico el dar la mano”. Y el día siguiente el Gobernador se dirige a los periodistas y les dice que “no deben ustedes de cesar en esa campaña que iniciaron ayer de desterrar por antihigiénica la costumbre de estrechar las manos para saludarse”.

También entonces se habló del peligro de los lugares cerrados. En el Boletín Oficial de la Provincia de 20 de septiembre de 1918 se publicaba una Circular de Sanidad en la que se alertaba de la epidemia de la gripe y se decía que “influye en su propagación el hacinamiento de las personas sobre todo en locales cerrados”.

En el año 1918 hubo igualmente falsos remedios contra la enfermedad. El Heraldo de 30 de septiembre de 1918 incluye las declaraciones del jefe de sanidad, que dice que es falso que se pueda librar de la gripe con medidas “tales como beber caña y ron  hasta caerse borrachos perdidas, quemar azúcar, lavarse con vinagre y atracarse también de ese líquido”. El doctor Clará señalaba luego cómo actuaba el microbio:

“El microbio de esta enfermedad no puede vivir fuera del cuerpo. Un enfermo de gripe escupe en la calle y los microbios de esa saliva se mueren; no infectan el ambiente como el vulgo cree. Pero el enfermo habla con otra persona, la besa o le da la mano y en esto sí que hay o puede haber contagio”.

El 25 de septiembre de 1918 la autoridad sanitaria decretó en Castellón ciudad el cierre de escuelas y también del instituto. También se prohibieron las fiestas, ferias y mercados. Se prohibieron “espectáculos, reuniones y aglomeraciones públicas”. El 26 de septiembre el Heraldo recuerda la circular que ordena el cierre de “escuelas públicas y privadas, los salones de espectáculos, etc”. El periodista, con cierta ironía, se pregunta si en el “etc” se han de incluir o no los cafés, casinos, tabernas e iglesias, a lo que añadía que si no sería más efectivo “aislarse cada uno bajo una campana de cristal”.

Las escuelas, teatros, cines y salones de espectáculos permanecerían cerrados en Castellón ciudad desde el 25 de septiembre hasta la primera semana de noviembre. El 7 de noviembre el Teatro Principal ya reanudaba sus funciones. También lo haría, con las terribles consecuencias a las que luego nos referiremos, el cine la Paz.

Las iglesias no se cerraron. Durante ese período El Heraldo se hace eco de las misas que se celebraban en los templos que, por lo tanto, estaban abiertos. En las iglesias se celebraban rogativas para que la epidemia cesara. El Heraldo del 17 de octubre informaba de que el sábado se celebrará en el ermitorio de Lidón unos actos de rogativas para impetrar de la Patrona que se apiade de sus hijos y cese la epidemia; días después el periódico informaba de la asistencia de un numeroso grupo de fieles.

El Sr. Obispo ordenó el 11 de octubre de 1918 que “las ventanas de los templos estén abiertas y que se haga el barrido dos o tres veces al día”. Además, ordenaba que durante la misa se diga la oración ad vitan dam mortalitates. Se dio orden de que se renueven frecuentemente las aguas de las pilas.

La Iglesia católica también entonces salió en auxilio de los afectados por la epidemia en Castellón. El Heraldo del 23 de octubre publica una nota sobre la caridad del Obispo de Tortosa (diócesis a la que pertenece Castellón) con este texto:

“El Sr. Obispo, doctor Rocamora, afligido por los estragos que causa la epidemia reinante, ha llamado a los curas párrocos y les ha dicho que mientras haya recursos en el palacio episcopal, no permitan que carezcan de alimentos, ropas de cama y medicinas los enfermos pobres. En cumplimiento de este encargo, los curas párrocos y vicarios visitan constantemente las viviendas de los atacados pobres y les auxilian en sus necesidades”.

Y el 2 de noviembre en el periódico se habla de la caridad del Obispo, que ha dado instrucciones al cura ecónomo para que ayude a los pobres afectados por la epidemia en Castellón.

En cuanto a la procedencia de la gripe, tanto la prensa como las autoridades pusieron su punto de mira en el numeroso grupo de trabajadores españoles inmigrantes que regresaba en tren de Francia. Se sospechaba que todos ellos volvían enfermos de gripe. Se estableció una vigilancia especial para ellos, de modo que en las estaciones se les controlaba y, tras su examen, o bien se les hospitalizaba o bien se les aislaba. Se llegó a proponer que se concentraran todos estos trabajadores en vagones especiales debidamente señalizados y también que se les concentrara en un lugar fuera de la provincia y solo se les dejara entrar después de pasar una cuarentena.

A principios de noviembre la situación comenzó a mejorar. El periodista de El Heraldo lo describe con estas palabras:

“La gente, hasta hace un par de días hondamente preocupada por la terrible epidemia y que había dejado de concurrir a los cafés y casinos, vuelve a los mismos, dando la sensación de que el peligro pasó. Las calles y paseos han vuelto a recuperar su aspecto alegre por lo animado de la gente y solo falta ahora que la Junta provincial de Sanidad en la sesión que se celebrará el próximo sábado a las seis de la tarde (…) acuerde la apertura de los centros docentes y de los salones de espectáculos”.

El 15 de noviembre las autoridades locales dieron por controlada la epidemia. Esta vez sí era cierto.

El 18 de noviembre de 1918 el periódico El Heraldo abría su edición con un titular a grandes caracteres con el grave suceso acaecido en la capital: “La catástrofe de ayer en el Cine de la Paz”. Una horrorosa catástrofe sucedió en el cine La Paz el domingo 17 de noviembre. A eso de las cuatro y media de la tarde, cuando un diluvio de agua caía sobre la capital, comenzaba la sesión de cine con la proyección de la película “Los huérfanos del Puente de Nuestra Señora”. Hubo una interrupción por el corte de la cinta. Mientras se arreglaba hubo algarabía general. En ese momento “un malvado o un loco del piso alto gritó ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Sálvese el que pueda!”. Era una falsa alarma, pues no había fuego alguno. Pero el público creyó que existía fuego de verdad. Todos quisieron salir precipitadamente. Se produjo una avalancha. Se abalanzaron los unos sobre los otros, en informe montón en el que quedaron estrujados los primeros, que recibieron un enorme peso. El resultado final fue la muerte por asfixia de 21 niños y de un soldado.

La terrible noticia acaparó toda la atención durante días. Ya no se volvió a hablar en la prensa de la terrible gripe que durante unos meses había azotado a la capital, contagiando a más de la mitad de sus habitantes y provocando la muerte de más de 500 vecinos.