La relación de la iglesia de San Vicente Ferrer de Castellón con su santo patrón

Muchos nombres para una misma iglesia.

La celebración del Año Jubilar de San Vicente Ferrer es una buena ocasión para hablar de la relación del santo con la iglesia de la Parroquia de San Vicente Ferrer de Castellón de la Plana. 

  Nuestra Parroquia se llama «de San Vicente Ferrer», lo que pone ya en evidencia su vinculación con el santo. Pero, a la vista de la historia del convento de los dominicos desde su fundación, este vínculo no es tan evidente. No deja de constituir un pequeño misterio que, finalmente, nuestra parroquia acabara dedicada a San Vicente Ferrer.

  El convento fundado por los dominicos el año 1579 no se puso bajo la advocación de San Vicente Ferrer, sino de Santo Tomás de Aquino. Durante los primeros siglos de su historia, el convento era conocido como el de «Santo Tomás» y también como «el convento del Rosario».

  Cuando, con la legislación desamortizadora de 1835, los dominicos fueron expulsados, la iglesia y el convento pasaron a denominarse iglesia o convento de «Santo Domingo». Tras la construcción de la Casa de Beneficencia, ya en la segunda mitad del siglo XIX, también era conocida como «la iglesia de la Casa de la Beneficencia».

  Siendo ello así, no deja de ser un pequeño misterio el que, al crearse la Parroquia el año 1964, esta pasara a denominarse de «San Vicente Ferrer». ¿Por qué se eligió el nombre de ese santo dominico? Intentaremos desvelar el misterio.

San Vicente Ferrer en Castellón.

La historia de la relación de nuestra iglesia con San Vicente Ferrer debe iniciarse antes de la construcción  del templo el año 1579.

  Sabemos con seguridad que Vicente Ferrer (1350-1419) visitó varias veces la entonces pequeña población de Castellón. La imagen superior nos ayuda a imaginar cómo debía ser entonces nuestra ciudad: un pequeñísimo poblado alrededor de las calles Mayor y Enmedio.

 Los biógrafos de Vicente Ferrer nos relatan con cierto detalle la visita que realizó el Santo en el mes de septiembre del año 1412. Castellón sostenía entonces una encarnizada lucha con las localidades de Onda y Almassora, ello a causa de determinados bandos que se habían formado y que cometían todo tipo de crímenes. Es posible que Vicente Ferrer fuera precisamente llamado para poner fin esta situación.

 San Vicente Ferrer llegó a Castellón y se dispuso a efectuar uno de sus famosos sermones. Mandó llamar al Gobernador General del Reino de Valencia para que estuviera presente. San Vicente pronunció ante todos un patético sermón. Desplegó su gran elocuencia y, aprovechándose de la simpatía general de la que gozaba y de su prestigio, logró destruir todos los odios y enemistades. Acabado el sermón, consiguió que todos los bandos firmaran la paz. Así terminaron las antiguas diferencias que mantenían estos pueblos en continua guerra.

  Al acabar la visita, Vicente partió en dirección a  Valencia. Saldría por la puerta sur de la muralla. Pasaría por un pequeño camino que discurría al lado de la acequia mayor. Vicente extendería su vista a la izquierda del camino. Entonces vio ante sí un terreno sin edificar, junto a la acequia mayor, que llegaba hasta el camino del mar. No podía entonces imaginar que allí, unas décadas después, se construiría un convento de dominicos, cuya iglesia, varios siglos más tarde, iba a llevar su nombre.

La fundación del convento.

La segunda mitad del siglo XVI  fue para la orden de los dominicos un tiempo de éxito y expansión. Un centenar de nuevos conventos dominicos se fundaron en ese siglo en España. Fue notable la contribución de los dominicos en la tarea evangelizadora que se emprendió en el Nuevo Mundo, en la que destacaron por su preocupación a favor de los indios.

  Fue entonces cuando los dominicos decidieron fundar un convento en la población de Castellón, que contaba con menos de 1.000 habitantes.

   Era frecuente en aquella época que los nuevos conventos que se fundaban  se construyeran en terrenos cedidos por personajes notables de la localidad. Este fue el caso del convento de Castellón.

  Según cuenta Francisco Diago en su Historia de la provincia de Aragón de la orden de los predicadores, escrito el año 1599, «el caballero llamado Jaime Miralles, doctor en leyes»  donó el terreno en el que se iba a construir el convento. Se trataba de un solar situado fuera del recinto amurallado, al lado de la acequia mayor, junto al camino del mar. A mediados del siglo XVI en parte de esos terrenos funcionaba un horno de cerámica.

  El convento se fundó el 15 de enero de 1579. Fue Jaime Miralles el que decidió que se dedicara a santo Tomás de Aquino. Por ello, el convento pasó a llamarse «de Santo Tomás de Aquino». Nada hacía pensar entonces que, casi cuatrocientos años después, su iglesia pasaría a estar bajo la advocación de San Vicente Ferrer.

El retablo de la capilla de San Vicente Ferrer.

    El primer dato que tenemos de la existencia en el convento de algún tipo de devoción especial a san Vicente Ferrer se remonta al año 1651. Se conserva un documento notarial de ese año que nos informa de que se encargó entonces un retablo con la imagen de san Vicente Ferrer realizado por el escultor Antonio López, que se colocó en «la capilla de San Vicente Ferrer de la iglesia del convento de Santo Tomás de Aquino» de Castellón. Gracias a ese documento sabemos que, a mediados del siglo XVII, una de las capillas de la iglesia estaba dedicada a San Vicente Ferrer y en ella existía un valioso retablo con la imagen del santo.

   En el documento notarial al que nos referimos se indica que quien encargó el retablo fue «doña Jacinta Feliu, viuda del doctor en leyes Don Cristóbal Miralles». Todo apunta a que este era un descendiente de Jaime Miralles, que fue quien donó los terrenos del convento.

   Aunque no es seguro, posiblemente esta capilla de San Vicente Ferrer se situaba en la actual sacristía. La imagen de la foto, ubicada en el techo de su puerta, muy bien puede pertenecer a la antigua capilla dedicada a nuestro santo.

La imagen de San Vicente Ferrer en la cúpula de la Capilla del Rosario.

   Alrededor del año 1690 se construyó la capilla del Rosario. Los frescos de su cúpula, pintados en 1704 por Eugenio Guilló, son la obra artística de más valor de nuestra iglesia.

   En la cúpula principal de la capilla del Rosario encontramos de nuevo a San Vicente Ferrer. Hay que destacar que San Vicente Ferrer ocupa una posición preferente respecto de Santo Tomás de Aquino. En efecto, los santos dominicos están situados en un orden que no es casual. A la derecha de la Virgen del Rosario, en el lugar preferente, se sitúa Santo Domingo de Guzmán. A continuación, a su derecha, figura San Vicente Ferrer. Santo Tomás de Aquino está relegado al tercer puesto. No es tampoco casual la elección del cuarto santo dominico: se trata del santo valenciano Luis Bertrán, canonizado el año 1691, que debía gozar por entonces de gran popularidad.

  En definitiva, los frescos de Eugenio Guilló del año 1704 nos muestran que, poco a poco, la devoción por San Vicente Ferrer iba dejando en un segundo lugar al santo que daba nombre al convento. 

  Gracias a la obra Viajes de España, publicada por Antonio Ponz en 1785, sabemos que en ese momento en el altar mayor existía una pintura de Santo Tomás de Aquino pintada por Francisco Ribalta. En el año 1791 se publicó una pequeña obra del dominico Manuel Martín y Picó en la que se nos dice que ese lienzo ya no está en el altar mayor, sino que se guardaba en lo que denomina “subsacristía”, que se situaría en la sala situada entrando en el templo a la izquierda. Estos autores nos dan otro dato de interés: uno de los altares de la iglesia se dedicaba al dominico valenciano San Luís Bertrán, y allí había varias pinturas también de Francisco Ribalta.

  No se habla en estas dos obras de la capilla de San Vicente Ferrer ni de su retablo, que sabemos se ejecutó el año 1651. Posiblemente a finales del siglo XVIII no estaría ya en buenas condiciones, por lo que no llamó la atención de los visitantes del convento.

Malos tiempos para el convento de los dominicos.

El siglo XIX tuvo efectos devastadores en el convento de los dominicos de Castellón.

  El año 1811, en plena Guerra de la Independencia, las tropas francesas entraron en Castellón, expulsaron a los dominicos y tomaron posesión de la iglesia y del convento. Del convento solo quedaron las columnas del claustro y algunas paredes ruinosas. La iglesia fue destinada a almacén y se destruyeron el pavimento y algunos altares. En 1814, terminada la guerra, los religiosos volvieron al convento y comenzaron las tareas de reconstrucción.

  En 1835 se produjo la desamortización del convento. Los dominicos fueron expulsados. Las pinturas que se conservaban en la iglesia desaparecieron. Un documento de 1837 sugirió aprovechar la cercanía de la acequia mayor para demoler el convento y construir en el solar resultante una fábrica de tejidos de cáñamo. No se hizo caso a esta propuesta, que hubiera implicado la total desaparición de la iglesia.

   A mediados del siglo XIX ninguna pintura presidía el altar de la antigua iglesia del convento de los dominicos. Había desaparecido también todo rastro de la en su momento importante capilla de San Vicente Ferrer. La decadencia y el abandono eran absolutos.

  En esos momentos, perdida ya incluso la memoria del antiguo nombre de convento de Santo Tomás de Aquino, la documentación oficial pasó a denominar a la iglesia y al convento abandonado como de Santo Domingo.

  Tenemos un testimonio directo del estado del templo gracias a Arcadio Llistar Escrig, que publicó el año 1887 una «Historia de Castellón», que cien años después fue reeditada por la Confederación Española de Cajas de Ahorro. Según Llistar, de las diez capillas de la iglesia, solo «se encuentra en muy buen estado de restauración la de Santo Domingo, que es de orden corintio y arquitectura greco-romana de buena composición». Según el autor «todas las demás existen sin retablos», a lo que se añade que «tampoco queda huella ni vestigio del altar mayor». Resultan también curiosas estas otras apreciaciones que Llistar dedica a nuestra iglesia:

 «El altar mayor debía levantarse bajo una gran pechina y fajón de artesonado piramidal y recuadrado, que aparece del gusto latino-mosaico. La bóveda, sembrada de una red de juncos tan solo interrumpida por arcos de medio punto, manifiesta el aspecto de una mezquita y aparece de la arquitectura árabe-mosaico, terminada con otro fajón artesonado con florones. En el coro, situado encima de la entrada, aparece un mazacote que afea muchísimo la iglesia».

 No había, pues rastro alguno del antiguo retablo de San Vicente Ferrer, ni de su capilla.  

Y de repente, la iglesia de la casa de beneficencia se dedica a San Vicente Ferrer.

  Como dijimos, el año 1835 los dominicos fueron expulsados del convento y su templo sufrió un período de abandono, en el que desaparecieron valiosas pinturas y el altar quedó sin ninguna imagen. La documentación oficial denominó al edificio «convento de Santo Domingo», seguramente por no  usar la expresión  «convento de los dominicos», que podía sugerir una propiedad ya inexistente.

  La situación cambió con la puesta en marcha de la Casa de Beneficencia, en el año 1860. El templo del convento se convirtió en iglesia de la Beneficencia. Debieron realizarse obras de acondicionamiento, en particular en el altar, que había quedado sin ninguna pintura. Bernardo Mundina, en su Historia de Castellón publicada el año 1873, nos dice que en ese momento «la iglesia del convento está abierta al servicio público» y que «está dedicada a san Vicente Ferrer, a cuyo titular hacen todos los años una novena». Por lo tanto, se había puesto una imagen de san Vicente Ferrer en el altar, por lo que podía decirse que la iglesia estaba dedicada a este santo, lo que dio lugar a que se le comenzara a hacer anualmente una novena.

  Esa pintura de san Vicente Ferrer debía ser la misma que vemos en la fotografía superior, que es de mediados del siglo pasado, anterior a la creación de la Parroquia.

   Cuando se creó la Parroquia el año 1964 la iglesia ya estaba dedicada a San Vicente Ferrer. Así resulta del texto del Decreto de creación del Obispo Pont i Gol, en el que se dice que la sede de la nueva Parroquia será precisamente la «iglesia del mismo Santo (…) anexa al actual edificio de la Beneficencia». En definitiva, la Parroquia se llamó de San Vicente Ferrer porque la iglesia ya estaba dedicada al santo valenciano al menos desde 1873.

Recapitulación

Recapitulamos lo averiguado.

  Al fundarse el convento el año 1579 pasó a denominarse de Santo Tomás de Aquino. Sabemos que en el siglo XVIII el presbiterio estaba presidido por un cuadro de Santo Tomás pintado por Francisco Ribalta. Existía ya desde al menos la mitad del siglo XVII una capilla dedicada a San Vicente Ferrer, el cual ocupaba también un puesto relevante en la cúpula de la Capilla del Rosario pintada por Eugenio Guilló en el año 1704.

  Con la desamortización del convento el año 1835 los frailes fueron expulsados y el edificio sufrió un importante abandono, a causa del cual desaparecieron las valiosas pinturas con las que contaba. El altar quedó sin la pintura de Santo Tomás de Aquino y el edificio pasó a denominarse oficialmente como “convento de Santo Domingo”.

  Con la puesta en marcha de la Casa de Beneficencia en 1860 se debieron llevar a cabo obras de acondicionamiento en el templo, y en el presbiterio se debió colocar una pintura de San Vicente Ferrer. Según un testimonio escrito de 1873 la iglesia de la Casa de la Beneficencia estaba abierta al público y dedicada a San Vicente Ferrer.

  Desde entonces estuvo clara la vinculación de la iglesia con San Vicente Ferrer. El año 1949 la Casa de Beneficencia también comenzó a denominarse Hogar Provincial San Vicente Ferrer. Y al crearse la Parroquia el año 1964 se señaló que su sede sería precisamente la «iglesia del mismo Santo (…) anexa al actual edificio de la Beneficencia». Era pues por todos sabido que esa iglesia ya se dedicaba a San Vicente Ferrer.

  El año 1972 la antigua pintura de San Vicente Ferrer fue sustituida por la actual, obra del pintor Blasco Soler. Es la pintura que vemos en la imagen superior.